Paradójicamente, la teoría del motor de
curvatura tiene su origen en la ficción: se
trata del mecanismo que permite a los
personajes de la serie de ciencia ficción
Star Trek surcar el espacio más
rápido que la luz, o a velocidades
superluminares, mediante la distorsión del
espacio tiempo.
Su salto al terreno
científico tuvo lugar en 1994, año en el que
el físico mexicano Miguel Alcubierre publicó
un artículo en la revista
Classical and Quantum Gravity
titulado "El motor de curvatura: viaje
hiperveloz en el marco de la Relatividad
General". Este trabajo aprovecha la
flexibilidad de la geometría del espacio
tiempo, que se curva en presencia de materia
del mismo modo en que, por ejemplo, una
pelota situada sobre una sábana tensada
curva el tejido a su alrededor. En el
Universo, los objetos de mayor masa producen
curvaturas más acentuadas. Sobre esta base,
Alcubierre diseñó un medio de transporte en
forma de burbuja con paredes compuestas de
materia exótica (un tipo de materia
aún hipotético que tiene propiedades
gravitatorias repulsivas) que producen una
contracción del espacio tiempo en la proa y
una dilatación en la popa similares a una
ola en el mar.
El investigador del CSIC Carlos Barceló,
del Instituto de Astrofísica de Andalucía,
en Granada, explica: "Una nave dentro de la
burbuja alcanzaría su destino sin moverse
por la distorsión local del espacio tiempo,
igual que un surfista situado sobre la
cresta no ejerce un movimiento propio pero
alcanza la orilla gracias al de la ola".
Según los autores, esta hipótesis matemática
mostraba debilidades desde su publicación,
aunque no se descartaba. Sin embargo,
explican, hay un punto que no se había
contemplado hasta el momento y que puede
afectar al movimiento de esa burbuja: cómo
actúan las fluctuaciones cuánticas ante las
curvaturas.
De acuerdo con las estimaciones del
trabajo, si la burbuja se desplaza a
velocidad superior a la de luz, los
tripulantes verán como las paredes anterior
y posterior se comportan respectivamente
como un horizonte negro y otro blanco,
similares a los que tienen los agujeros
negros. Así, si el astronauta de la nave
mira hacia atrás no verá absolutamente nada,
un horizonte negro, ya que se está
desplazando a mayor velocidad que la luz y
ninguna señal puede alcanzarle; en cambio,
la proa de la nave recibirá todas las
señales, y por ello se habla de horizonte
blanco.
Dos horizontes problemáticos
Los autores calcularon cómo se comportan
las fluctuaciones cuánticas en ambos
horizontes cuando la burbuja se acerca a la
barrera de la luz, y han hallado dos efectos
que impiden el viaje. En ambos casos, el
escollo se encuentra en el vacío del
Universo. Según la teoría cuántica, en este
estado la energía no es equivalente a cero,
sino que de forma constante nacen y se
aniquilan parejas de partículas tan rápido
que resulta imposible detectar su presencia,
y por ello se conocen como partículas
virtuales. Sin embargo, bajo ciertas
condiciones, como una fuerte distorsión del
espacio tiempo, esas partículas pasan a ser
reales. Esto es lo que ocurre en ambos
horizontes de la burbuja ideada por
Alcubierre, con consecuencias negativas.
En el horizonte negro, el astronauta se
toparía con la radiación de Hawking,
enunciada por Stephen Hawking en 1974. Se
trata de un efecto conocido en los agujeros
negros debido a la creación y destrucción de
parejas de partículas: el enorme campo
gravitatorio del agujero negro puede romper
el par y absorber una de las partículas,
mientras que la otra escapa. Así se produce
un resplandor que procede del horizonte y
que, en el caso de la burbuja, depende del
grosor de la pared: una pared fina, más
fácil de obtener en teoría, presentaría
temperaturas muy altas que podrían destruir
la nave que viajara en su interior.
Pero, aunque pudieran construirse paredes
tan gruesas que la temperatura producida por
la radiación de Hawking no fuera un
obstáculo, el horizonte blanco supone un
impedimento insalvable, según la
investigación. La contracción del espacio
tiempo en la parte delantera produciría
igualmente la ruptura de pares de
partículas, con la diferencia de que irían
amontonándose en la pared. "Este fenómeno
provocaría un crecimiento exponencial de
energía incontrolable, y hace inconsistente
la construcción porque tiende a
autodestruirse", apunta Barceló. "O
inventamos una manera de contrapesar esa
energía con una energía inversa, lo cual
parece inverosímil, o simplemente hay que
admitir que no podemos superar la velocidad
de la luz por razonables periodos de
tiempo", añade el investigador del CSIC.
Otra opción consiste en no atravesar la
barrera de la luz, de modo que no se
produjeran horizontes, ni radiación de
Hawking, ni altas temperaturas. Como los
autores señalan al final del artículo,
"quizá viajar al 99% de la velocidad de la
luz no esté tan mal, después de todo".